Hace algunas semanas, a través de mis redes sociales, advertí públicamente sobre una realidad que ya resultaba evidente: las obras de defensa ribereña del río Huarmey avanzaban a un ritmo inaceptable (otros personajes también advirtieron). La contratista OHLA dilataba los tiempos de ejecución, bajo la mirada pasiva y permisiva de la Autoridad Nacional de Infraestructura (ANIN). El tiempo pasaba y la obra, vital para nuestra seguridad, simplemente no despegaba.
Para los huarmeyanos, el desborde de río del 2017 no es solo un dato estadístico; es una herida abierta. Todos recordamos el lodo arrasando con el esfuerzo de toda una vida, el miedo en los ojos de nuestras familias y la desesperación de ver nuestra ciudad bajo el agua. Desde entonces, cada verano, el aumento del caudal del río no trae vida, sino zozobra. Nos atormenta revivir aquel ingrato recuerdo, y la incertidumbre nos roba la paz.
Y hoy, para agravar esta angustia, la ANIN nos sorprende con un comunicado anunciando la rescisión del contrato con OHLA, argumentando una serie de faltas que, inexplicablemente, «nunca vieron» a tiempo. Esta decisión, tomada desde la frialdad de un escritorio en Lima, deja la defensa ribereña de nuestro río en el abandono más absoluto, y a nuestro pueblo, huérfano de protección.
A esta grave situación se suma el reciente y contundente pronunciamiento del Colegio de Ingenieros del Perú (CIP) – Consejo Departamental Áncash (Chimbote). La institución ha encendido una alerta máxima que no podemos ni debemos ignorar. La abrupta paralización de las obras de protección en los ríos Huarmey, Casma y Lacramarca no es un simple traspié administrativo; es, en términos reales, una condena a la vulnerabilidad para miles de familias.
𝐄𝐋 𝐄𝐒𝐓𝐀𝐃𝐎 𝐘 𝐋𝐀 𝐄𝐌𝐏𝐑𝐄𝐒𝐀 𝐏𝐑𝐈𝐕𝐀𝐃𝐀 𝐒𝐄 𝐄𝐍𝐅𝐑𝐀𝐒𝐂𝐀𝐍 𝐄𝐍 𝐓𝐄𝐌𝐀𝐒 𝐋𝐄𝐆𝐀𝐋𝐄𝐒, 𝐋𝐀 𝐍𝐀𝐓𝐔𝐑𝐀𝐋𝐄𝐙𝐀 𝐍𝐎 𝐄𝐒𝐏𝐄𝐑𝐀
Mientras el Estado y la empresa privada se enfrascan en un interminable cruce de acusaciones legales —retrasos en aprobaciones por un lado y abandono de obra por el otro— la realidad nos golpea con crudeza: la naturaleza no espera. Las lluvias no entienden de arbitrajes, de adendas ni de resoluciones de contrato. Dejar una defensa ribereña inconclusa y expuesta, a puertas de una temporada de precipitaciones, es una negligencia imperdonable que raya en el desprecio por la vida humana.
Frente a esta crisis de indolencia, me sumo a las exigencias técnicas y ciudadanas:
• 𝐏𝐥𝐚𝐧 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐢𝐧𝐠𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐢𝐧𝐦𝐞𝐝𝐢𝐚𝐭𝐨: La ANIN no puede simplemente lavarse las manos tras rescindir el contrato. El Estado Peruano debe asumir su responsabilidad y asegurar los puntos críticos del río Huarmey hoy mismo, desplegando maquinaria y ejecutando trabajos de emergencia.
• 𝐈𝐧𝐭𝐞𝐫𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥𝐨𝐫𝐢́𝐚: Es imperativo auditar no solo el avance físico real, sino el oscuro proceso administrativo que nos arrastró a este fracaso. Cada sol invertido es dinero de todos los peruanos y debe ser rigurosamente justificado.
• 𝐓𝐫𝐚𝐧𝐬𝐩𝐚𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐭𝐨𝐭𝐚𝐥: Los ciudadanos merecemos respeto. Exigimos conocer la verdad sobre el estado técnico y financiero exacto en el que queda este proyecto, sin medias tintas ni excusas burocráticas.
¿𝐐𝐔𝐈É𝐍 𝐑𝐄𝐒𝐏𝐎𝐍𝐃𝐄 𝐏𝐎𝐑 𝐇𝐔𝐀𝐑𝐌𝐄𝐘? “𝐂𝐑Ó𝐍𝐈𝐂𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐕𝐔𝐋𝐍𝐄𝐑𝐀𝐁𝐈𝐋𝐈𝐃𝐀𝐃 𝐀𝐍𝐔𝐍𝐂𝐈𝐀𝐃𝐀»
La prevención de desastres no es un juego de escritorio; es una cuestión de supervivencia y dignidad. Nuestras autoridades nacionales deben entender, de una vez por todas, que en la gestión de riesgos el tiempo que se pierde en los pasillos de los ministerios, se cobra dolorosamente después en nuestras calles inundadas.
Hago un llamado a la profunda reflexión del Estado Peruano: no le den la espalda a Huarmey. Y a nuestras autoridades locales, les exijo estar a la altura del encargo que el pueblo les confió. Este es el momento de alzar la voz, de liderar la defensa de nuestras parcelas, nuestras viviendas y nuestras familias. Demuestren que merecen el cargo luchando hombro a hombro con su gente para evitar que la tragedia se repita.
“𝙀𝙨 𝙢𝙤𝙢𝙚𝙣𝙩𝙤 𝙙𝙚 𝙚𝙭𝙞𝙜𝙞𝙧 𝙘𝙖𝙥𝙖𝙘𝙞𝙙𝙖𝙙 𝙙𝙚 𝙚𝙟𝙚𝙘𝙪𝙘𝙞𝙤́𝙣, 𝙩𝙧𝙖𝙣𝙨𝙥𝙖𝙧𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙮, 𝙨𝙤𝙗𝙧𝙚 𝙩𝙤𝙙𝙤, 𝙚𝙢𝙥𝙖𝙩í𝙖 𝙘𝙤𝙣 𝙪𝙣𝙖 𝙥𝙤𝙗𝙡𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣 𝙦𝙪𝙚 𝙝𝙤𝙮 𝙢𝙞𝙧𝙖 𝙖𝙡 𝙘𝙞𝙚𝙡𝙤, 𝙮 𝙖𝙡 𝙘𝙖𝙪𝙙𝙖𝙡 𝙙𝙚 𝙨𝙪 𝙧í𝙤, 𝙘𝙤𝙣 𝙟𝙪𝙨𝙩𝙞𝙛𝙞𝙘𝙖𝙙𝙤 𝙩𝙚𝙢𝙤𝙧”.
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𝙋𝙤𝙧: 𝙀𝙧𝙣𝙚𝙨𝙩𝙤 𝙈𝙚𝙟í𝙖 𝙈𝙤𝙧𝙖𝙣𝙩𝙚.

